MANOS MOJADAS


El fibrón negro estaba olvidado en un portalápices del escritorio del séptimo piso del edificio, ignorando la nube que había bajado esa mañana a pasearse con toda su humedad sobre las calles, plazas, veredas, casas y edificios de buenos aires, bañando con húmeda indiferencia el aire frío que acompañaba a los perros de la calle que se refugiaban en cartones que alguna vez guardaron plasmas, plasmas que ahora se veían vanamente indiferentes colgados en los bares, cartones de cajas de galletitas con altos grados de conservantes, y cartones de resmas de papel que ahora contaban impresiones sobre estados patrimoniales, planillas de cálculos, gráficos, cadenas de correos electrónicos sobre el enriquecimiento ilícito de algunos gobernantes, indicadores, prohibiciones y recomendaciones sobre donde y como usar determinados elementos, señalizaciones y algún que otro texto y fotocopias de fotocopias de fotocopias de libros y manuales para los estudiantes, mensajes que hablaban de cómo ser feliz a pesar de la infelicidad y el irremediable tedio de la vida, pero no decía nada de cómo lograr tamaña simpleza entre las complejas relaciones de los vínculos contaminados de tantas creencias, competencia y subordinación. A pesar de ello la nube persistía tanto en humedad como en indiferencia y bañaba las plazas y los bancos de las plazas y las plantas vacías de hojas y flores, como un gris vacío que lo abarcaba y devoraba todo pintando los rojos techos de grises, los amarillos pastos de grises, la blancas paredes de grises y las ventanas chorreando gris humedad en donde algunos niños, con esa absoluta ignorancia que les permite la felicidad del presente (quizás la única felicidad posible y alcanzable) posaban sus deditos dibujando casitas con techos a dos aguas, caras sonrientes y los mas capaces se atrevían a dibujar animales como perros o caballos voladores o mariposas, otros con valentía efímera dibujaban un corazon con las letras de sus amores secretos para borrarla de un manotazo dejándoles una sensación de certeza y confesión al universo y las manos mojadas y frías, cosa que sucedería siempre con sus manos cada vez que discurrieran en esas certezas y confesiones inconfesables, pero sin necesidad de ventanas empañadas, ni grises nubes de humedad, ni fibrones negros olvidados en los portalápices.


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