De Comprensiones y Paisajes



Entonces comprendió que aquella formidable conmoción no nacía del asombro que enamora ante la novedad, era una conmoción mas autentica que respondía directamente desde el estremecimiento que provocan los reencuentros, de esos reencuentros que se acomodan a la estricta naturaleza de sucesos, como una memoria que recobraba luz y asombro, y el olvido se hace una revelación trascendente, ya que no hay mejor olvido que aquello que no sabemos que olvidamos y no hay mejor memoria que el redescubrimiento de aquello que no sabíamos que teníamos que recordar.

Porque después de ese asombro le sucede la sospecha de que nada podía haber sido, con la esperanza o la seguridad (no importa la diferencia) de que todo vuelve a poder ser, desde un lugar conocido pero nuevo.

Así miraba las piedras y los caminos tantas veces transitados, tan familiares y tan de paraíso, tanta sabia de su sangre o tanta sangre que era sabia en cada mota, en cada rama, flor o árbol.

Esa devolución con que lo miraban los paisajes, esa potente e inmaculada fuerza desde las entrañas de la tierra, esas elevaciones y pendientes, esos barrancos tan de muerte pero que se imponen con tanta sobriedad y estremecimiento.

Entonces el poema se lleno de imágenes y figuras ancestrales, porque no hay versos ni palabras – o tal vez haya un arte superior que le corresponde a los dioses descifrar – que puedan superar las líneas del verso que se dibujaba entre las rocas, en las grietas esculpidas por las lluvias, las lunas y los soles y las noches.

Comprendió entonces que la contemplación era una poesía esculpida en el surco de la sierra, que su canto secreto era el murmullo del arroyo, que las pisadas de los hombres crujían en las piedras del camino para hacer saber que están las almas de los hombres anhelantes de su espíritu para que hagan comunión con las orbes dueñas del paisaje.

Escucho entonces los colores que le regalaba el cielo y la danza de las aves dueñas del terreno, entendió que el aroma regalaba a los sentidos los colores de los versos, la menta, el yuyo, la fruta, todo era verso, eran palabras del viento que no tenia símbolos, ni sintaxis, ni reglas, sino que era una matemática de formula perfecta donde “x” era igual a todo y todo era un verso infinito e infinita y eterna era la imagen.

Comprendió que hasta el más sublime de los versos, la más excelsa de las artes no sería más que una noble imitación o tal vez un homenaje a todo aquello.

Comprendió el sentido de la palabra comunión y que esa formidable devoción a la belleza natural de ese pequeño cosmos le regalo el sentido de que no había diferencia entre el peso material de la tierra o de la roca, de la sierra o el arroyo con la magia del verso, la imagen, la metáfora, todo era un solo verso, la sierra, la metáfora y el arroyo, todo era un arte, ese todo y el mismo una misma cosa.

Mogotes, Capilla del Monte, Cordoba

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