El hombre tomaba sol al costado de la
pileta, fresco, con protector solar y un buen trago de algo con hielo, estaba
medio adormecido, completamente solo. Había disfrutado nadar y jugar en el agua
un buen rato hasta que decidió descansar y dormir una pequeña siesta en la
tranquilidad que le daba la soledad del lugar y la belleza del paisaje a su
alrededor.
Sabía que el hotel estaba colmado pero
sus huéspedes rara vez se quedaban a disfrutar del lugar, menos a esa hora en
donde todo el mundo, o estaba en el río, o durmiendo la siesta. El lugar era
fantástico, entre cerros, naturaleza, sin ruidos salvo los pocos autos que
pasaban por la ruta que no estaba a mas de 8 metros del lugar donde tampoco
había nada que lo separase de lo exterior, ni cercas ni perímetros, era todo
naturaleza y plantas y verde hasta la pequeña banquina y la carretera, y del
otro lado solo se veían como se elevaban los cerros cargados de verdes sobre las
estructuras de los antiguos hoteles.
El hombre se creía solo, nunca noto la
presencia del muchacho que estaba parado justo en lo que sería el perímetro
imaginario de la propiedad del hotel y la vereda pública. El muchacho era del
lugar, de las partes mas serranas y mas alejadas aún de esa zona al costado de
la ruta en donde solo había antiguas construcciones de piedra erigidas ahora
como colonias y casas de descanso para turistas, mas adentro la vida se vivía
al día a día, los mas afortunados lograban trabajar en la cocina o en tareas de
maestranza en los hoteles de la zona, pero la población crecía y algunos no
tenían donde rebuscársela, mas que trabajar en la construcción o en otras
ciudades, otros mas afortunados para el municipio y los menos agraciados hacer
trabajo de campo, tener una propia quinta y criar algunos animales para
comercializar y también para propio consumo. Vida austera y mas allá de las
bellezas que ofrecía el lugar, sus paisajes, sus ríos y sitios de descanso,
éstos estaban casi siempre vedados por la urgente necesidad de cubrir
necesidades básicas.
El muchacho quedó unos minutos parado
mirando al hombre que en realidad no sería tan mayor como había creído, tendría
unos pocos años mas que él y se dio cuenta que cuando él llegara a esa edad,
lejos estaría de lograr alcanzar esos lujos a ocho pasos de distancia. Súbitamente
sintió en el pecho una opresión angustiosa, no era rabia, no era resentimiento,
ni odio ni envidia, nunca se podría dar el lujo de esas emociones, la sensación
era de una seguridad temeraria, una íntima e inexplicable sensación de injusticia
y desconcierto como nunca antes había sentido o advertido.
Se acerco un poco mas hasta casi al
borde de la pileta, el hombre seguía dormitando totalmente ajeno al muchacho,
estaban casi en un mismo lugar, y al mismo tiempo en un lugar tan diferente,
esa separación que se podía contar en pasos, era un abismo, un muro, una
montaña, una frontera inquebrantable, a pesar de estar respirando el mismo
aire, sintiendo el mismo calor, el mismo maravilloso aroma a peperina, menta y
pino, el mismo sol indiferente, la misma brisa seca, el mismo suelo, sin
embargo el agua, esa agua que ahora servía para los hoteles y sus piscinas y
que él en su niñez con amigos y hermanos supieron disfrutar ingenuos e
inocentes, en ríos abundantes los cuales hoy quedaban muy pocos, y los que
había, surcaban las piedras con un raquitismo de pena, el suave murmullo y su
canto solo se reavivaba después de alguna lluvia, pero su respiración se había
vuelto lánguida con la promesa inminente de una muerte seca.
El muchacho pensó que lindo sería darse
una zambullida y refrescarse en esa agua clara, y cuanto mas lo pensaba, mas
pesado se hacia esa sensación opresora que lo derrumbaba de pie, implacable, no
era angustia, le era tan certera esa sentencia de privación que hasta la
belleza y todo lo que él sabía amar de la naturaleza, le pareció vacío, ajeno,
insensato, un sinsentido.
No queriendo rendirse a la angustia y a
su deseo, se zambulló en silencio ante la total indiferencia del hombre
recostado en la reposera, escuchó que se abría la puerta de entrada del hotel y
rápidamente salió, tomó su remera que había tirada a un costado y se fue con la
extraña sensación de haber acometido un acto de justicia, y lo confundió
también sentir culpa y el hecho de haber actuado de una manera incorrecta de la
que tenía que escapar, lo dejaba en un lugar nuevo, ajeno, mas ajeno que nunca
en su propio hogar. Trató de pensar en los meritos de aquel hombre para llegar
a ese lugar, de paso, a descansar. Pensó en los sacrificios que tal vez tuvo
que haber pasado en alguna ciudad, en colegios privados, todo el tiempo bajo
pruebas y la presión de miradas ajenas, no tenía idea lo que ello significara
pero en vano trató de justificarlo, no encontraba sentido a nada, era como si
la injusticia estuviera en todo el escenario, en cada latido, en sus venas
corría un torrente de desmerecimiento, así sentía toda la situación, una
injusticia tan grande como el absurdo, y era todo tan absurdo como el
zambullón, inexplicable.
El muchacho rápidamente siguió camino
al costado de la ruta, las necesidades eran mas urgentes que andar divagando en
merecimientos, ni siquiera valía la pena pensar, e intentarlo era sumergirse en
algo ajeno, en una sensación que no quería conocer, aunque la había sentido
hacía unos minutos y para siempre.
Algunos querrán justificar estas
separaciones, y algunos teorizaran y ya hay materias enteras sobre
merecimientos, oportunidades, voluntades flacas y otras inquebrantables,
algunos justificaran con razón las diferencias entre estas personas, su estrato
social, sus mandatos y sus merecimientos. Sin embargo todas esas
justificaciones que yo mismo podría intentar hacer no me sirven de nada, tengo
desde el fondo de mí, como el muchacho tal vez, como una sensación de
injusticia, como que alguien anduvo mezclando mal las cosas. El muchacho
originario del lugar, de pronto se sentía un intruso, y aquel desconocido que
tal vez estaba de paso, que tal nunca mas volviera, parecía el dueño de todo,
el merecedor de algo que hasta hace unos minutos pertenecía a todos, y ahora
toda esa naturaleza con la que había crecido, amado y sentido propia, le
parecía ajena.
Las justificaciones que me doy para
entender estos dos mundos y ubicarlos en el lugar exacto físico, así,
literalmente, y a la vez en lugares tan diferentes, me molesta sobremanera, me
produce esa sensación de oprobio y hasta desesperanza, pero enseguida al
apreciar todo ello, me tranquiliza (e inquieta) saber que simplemente, mas allá
de todas las justificadas razones por las cuales cada cual está en el lugar que
debe estar, me da a pensar que todo finalmente se trata de burocracia, los
estratos, las oportunidades educativas, económicas, culturales, religiosas, en
todo hay de fondo y atrás de cada acto, un tramite burocrático que nos encadenó
a un destino, o a un camino, a un lugar, a una elección que no es propia, que
es una imposición, una imposición tan antigua como ajena, que nos encadena a nuestros ancestros y a
siglos pasados, y eso es la burocracia, y será por eso que el muchacho se
sintió así, fue tan grande esa impresión de desigualdad , tan verdadera que yo
que andaba por ahí me la contagié, no pude mas que verla, palparla, ser testigo
de la situación y de mi sentir, de mi verdad, de mis cadenas y
condicionamientos, de mis limites y de mis muros, que seguramente no son mas
que limites ubicados en mi mismo. El muchacho no sacó ninguna conclusión, yo no
pretendo llegar a alguna certeza tampoco, pero me queda la firme y pesada convicción que en todo esto esta
metida la burocracia, la madre de todas las injusticias, y hasta tal vez de
todos los males, y esta horrible sensación, este sabor a desazón en la garganta,
este tufillo incómodo de azufre, debe ser porque como todo el mundo sabe, a la
burocracia la inventó el diablo.

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