Ya no importa ser la suma de todos mis días,
ya no me importa ser todas las memorias
y lo que todas ellas para mi
significarían.
Ya no importa si el hombre en el que me
veo
me parece un ángel, un demonio, un
duende,
una mujer, un aprendiz de vida, un
monigote,
una mascara anodina o solo el reflejo de
una lagrima
que esconde el universo recorriendo mi
mejilla.
Seré todos los reflejos, las penas y
alegrías,
seguiré construyéndome en la inutilidad
de mis verdades,
de mi curiosidad y de mis dudas.
Seguiré saltando de fe en fe, mirando
estrellas
que no existen y aun ahora mismo me
iluminan.
Si no fuera por la lenta percepción de
estos sentidos
tal vez nada quedaría de mi, o poco, y
en tal caso,
sería mi última revelación al ser yo esa
estrella,
o mi última agonía.
Pero como quien escribe esta suscripto a
géneros,
mandatos, símbolos e historias mas
antiguas
de las que el olvido siquiera quiere
recordar,
elijo simplemente ser la brisa que
acaricia mi mañana,
la serena humedad que baña las rosas que
guardo en lo jardines de mi alma.
Alma que me acecha entre las grietas,
falsas alegrías,
o verdaderas tristezas, y juegan y
guardan,
como tesoros, perlas y joyas, cada
aliento de tristeza
cuando sucumbo al cuerpo emocional y
lloro,
o cuando caigo enamorado a sus pies
lleno de gozo.
Así perdido en un sinsentido me
encuentro más que nunca,
como si por primera vez me viera,
o como si por enésima vez me
reencontrara.
Entre una dicha nueva y una ansiedad que
mata,
entre un cerebro y un corazón que
estalla,
entre el río de mi sangre, en el lago de
mi conciencia calma,
subo y bajo perdido en un círculo
infinito que no tiene
sur, norte, ni costados.
Profundidad ajena y tan mía, geometría
sagrada,
fractal de otro fractal, e incontables ojos
que me miran
recorriendo paso a paso tras un velo lo
que soy
desde un punto que siempre he sido,
siendo al fin Divinidad, observador,
queriendo abrazar a este que soy, El Observado.

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