Entre morevingios y
caléndulas perfumadas de argovios, el ensueño meliádico le resonaba cerca y
lejos. Periferias que se le escapaban de los arberigios recónditos del alma, y
así y todo, rezumaban las voces que cantan el himno del amor solitario,
amarantas caprichosas que le venían como
las hadas y las heriñas punzantes del no olvido. Así la buscó, meridiana de sus
pétulos sombríos, así el beso sálvico se hizo uno con el suyo, abrazaba la
maraña de sus sentidos como una enredadera pérfida de golúmeces que hasta los
tuétanos le socavaba las moriendas enamoradas. Cerracenos empinados de caricias
moliníacas, era tan grande el viento de
sus palabras que al corazón mesurado sacudíanle sus borridos susurros. Ella se
dejaba llevar entregada entre querubines invisibles que la arrastraban entre
peligarios y socabandas, paraisímiles frutos de árboles nuevos a su vista le
regalaban el ensueño y la esperanza, la ingenuidad y la ignorancia, el conocimiento y el olvido. Sin embargo, la
sospecha de lo eterno y la abrumadora tristeza de un recuerdo impreciso, le
perfumaba reciclaricas sombredumbres que le lloriqueaban lágrimas
desesperanzadas de memorias. Entonces comprendieron, entre lagrimeros caminos
olivados de felicidades nimias, que su búsqueda era una, solo una y para todos
los mortales por igual. La ilusoria mortalidad ajenaba los corazones de los
hombres, y las risas de las diosidades celisiales creaban regocijados las
estrellas para que el guiño distante de su brillo marcara el camino que desde
un punto que no tenia principio ni fin, creara para maravilla de los
transomniversales, el amor indecible.

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